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Matrimonio y maternidad
 
Autor
Camilo Valverde Mudarra

 

Ahora, vamos a exponer la voz de la Iglesia a través de sus textos publicados. Juan Pablo II, dice: “María, Virgen y Madre, ayuda a la mujer a vislumbrar, en las dos dimensiones de virginidad y maternidad que se explican y se completan recí­procamente, el camino de su vocación.

Para tomar parte en este "vislumbrar", es ne­cesario profundizar en la verdad sobre la persona humana, como la presenta el Concilio Vatica­no II. El hombre -varón o mujer- es la única cria­tura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, es decir, es una persona, es un sujeto que decide sobre sí mismo. Al mismo tiempo, el hombre "no puede en­contrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás". Se ha dicho ya que esta descripción -que en cierto sentido es definición de la persona- corresponde a la verdad bíblica fundamental acerca de la creación del hombre -hombre y mujer­- a imagen y semejanza de Dios. Ésta no es una inter­pretación puramente teórica o una definición abstracta, pues indica de modo esencial el sentido de ser hombre, poniendo de relieve el valor del don de sí, de la persona. En esta visión de la persona está contenida también la parte esencial de aquel "ethos" que -referido a la verdad de la creación- será desarrollado plenamente por los libros de la revelación y, de modo particular, por los evangelios.

Esta verdad sobre la persona abre además el camino a una plena comprensión de la maternidad de la mujer. La maternidad es fruto de la unión matrimonial de un hombre y de una mujer, es decir, de aquel "conoci­miento" bíblico que corresponde a la "unión de los dos en una sola carne" (cf Gén 2,24); de este modo se realiza -por parte de la mujer- un "don de sí" espe­cial, como expresión de aquel amor esponsal mediante el cual los esposos se unen íntimamente para ser "una sola carne". El "conocimiento" bíblico se realiza según la verdad de la persona sólo cuando el don recíproco de si mismo no es deformado por el deseo del hombre de convertirse en "dueño" de su esposa ("él te domi­nará") o por el cerrarse de la mujer en sus propios instintos ("hacia tu marido irá tu apetencia": Gén 3,16).

El don recíproco de la persona en el matrimonio se abre hacia el don de una nueva vida, es decir, de un nuevo hombre, que es también persona a semejanza de sus padres. La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el "papel" de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz el hijo, la mujer "se realiza en plenitud a través del don sincero de sí". El don de la disponibilidad interior para aceptar al hijo y traerle al mundo está vinculado a la unión matrimonial, que, como se ha dicho, debería constituir un momento particular del don recíproco de sí por parte de la mujer y del hombre. La concepción y el nacimiento del nuevo hombre, según la Biblia, están acompañados por las palabras siguientes de la mujer-­madre: "He adquirido un varón con el favor de Yahvé" (Gén 4,1). La exclamación de Eva, "madre de todos los vivientes", se repite cada vez que viene al mundo una nueva criatura y expresa el gozo y la convicción de la mujer de participar en el gran misterio del eterno engendrar. Los esposos, en efecto, participan del poder creador de Dios.

La maternidad de la mujer, en el período compren­dido entre la concepción y el nacimiento del niño, es un proceso biofisiológico y psíquico que hoy día se conoce mejor que en tiempos pasados y que es objeto de profundos estudios. El análisis científico confirma plenamente que la misma constitución física de la mu­jer y su organismo tienen una disposición natural para la maternidad, es decir, para la concepción, gestación y parto del niño, como fruto de la unión matrimonial con el hombre. Al mismo tiempo, todo esto correspon­de también a la estructura psíquico-física de la mujer. Todo lo que las diversas ramas de la ciencia dicen sobre esta materia es importante y útil, a condición de que no se limiten a una interpretación exclusivamente bioiisiológica de la mujer y de la maternidad. Una imagen así "empequeñecida" estaría a la misma altura de la concepción materialista del hombre y del mundo. En tal caso se habría perdido lo que verdaderamente es esencial: la maternidad, como hecho y fenómeno hu­mano, tiene su explicación plena en base a la verdad sobre la persona. La maternidad está unida a la estruc­tura personal del ser mujer y a la dimensión personal del don: "He adquirido un varón con el favor de Yahvé" (Gén 4,1). El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte de la mujer, este hecho está unido de modo especial a "un don sincero de sí". Las palabras de María en la anunciación "hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38) significan la disponibilidad de la mujer al don de sí, y a la aceptación de la nueva vida.

En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino (cf Ef 3,14-15). El humano engendrar es común al hombre y a la mu­jer. Y si la mujer, guiada por el amor hacia su marido, dice: "te he dado un hijo", sus palabras significan al mismo tiempo: "éste es nuestro hijo". Sin embargo, aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una "parte" especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el periodo prenatal. La mujer es "la que paga" directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plena­mente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún pro­grama de "igualdad de derechos" del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial.

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular "comprende" lo que lleva en su interior. A la luz del "principio" la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre -no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general ­que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla to­davía más esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre "fuera" del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia "paternidad". Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo -entendida globalmente- debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la ma­terna y la paterna. Sin embargo, la contribución ma­terna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana”. (Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem, VI, 18) 

 
 Fuente:

autorescatolicos.org

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